No sé por dónde comenzar. No recuerdo como empezó todo; creo que fueron miles de años antes de que yo naciera. Solo puedo hablar de cómo culminaron los sueños que ahora espantan a todos. La ciencia y la tecnología era prodigiosa; en aquél entonces ella era el opio de los pueblos. Prometía vida, no en el otro mundo, sino en este, el mundo material, el mundo real ¡y vaya que no solo se quedaba en promesas! Riquezas y placeres por doquier. La vida era sencilla, solo bastaba dedicarnos al aprendizaje en las escuelas oficiales de “Los Racionales”; así nos denominábamos, no por obligación sino de costumbre. Nadie rechistaba o al menos eso fue lo que creímos durante mucho tiempo, el tiempo que duró la alegría. En el bajo mundo, en las tierras olvidadas por los hombres de buen vivir, hubo una secta,“Los Religiosos”, quienes siempre se opusieron: condenaban la excelsitud y el amor que le teníamos al pragmatismo. Llamaron necia al imperio de la dicha; que nuestra sangre caería sobre nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos; que nos cavábamos nuestra propia tumba. Sus mensajes cargados de un punzante pesimismo molestaban a cualquiera; y en verdad debo decir que formé parte de las huestes dedicadas a erradicarlos. De hecho todos formábamos parte: desde el humilde obrero hasta el sofisticado magnate de negocios. Nunca maté a ningún retractor ni lo denuncié, no era necesario. Nuestro ingenuo optimismo en la libertad les otorgaba el derecho a maldecir. Aquéllas leyes tan humanas nos daban la certeza de seguir los mandatos de la naturaleza. No había que contradecir las normas que de ella emanaban. Pero de repente, de unas semanas a otras llegaron crisis financieras, una tras otra. Las tapaban artificialmente y en seguida llegaba una nueva con mayor devastación. Guerra tras guerra para sostener el estilo de vida del que tanto temíamos abandonar. Entonces las palabras de Los Racionales se volvieron aun mas racionales: hablaban mas que nunca de paz, de bienestar, seguridad mundial, buenos manejos financieros, mas trabajos, todos juntos, unidad, fraternidad, progreso social, por nuestros hijos mirar al frente, etcétera. Palabras amenas y amistosas llenas de fe… el opio de los pueblos. Nuestros hijos mayores drogados en la guerra, cortando cabezas; nuestros hijos menores drogados en casa y en las escuelas, aprendiendo a distinguir entre lo bueno y lo malo, lo que servía y lo que no. Logramos abrir los ojos cuando ya todo estaba perdido, cuando el hambre llegó a nuestros estómagos y las mesas quedaron cubiertas de polvo. Nosotros éramos la democracia, la raíz del progreso, los portadores de la razón y la libertad pero ya nos encontrábamos podridos y siendo certeros, siempre lo estuvimos. El mundo exterior estaba peor. Corrupción, sangre, destrucción, miseria… las profecías de las que siempre Los Religiosos gritaron a los cuatro vientos eran tan reales ahora que lo vivíamos en carne propia. La realidad provocaba en nosotros volvernos contra ellos, culparlos de nuestro dolor. ¡Ellos culpables! así muchos lo creíamos, y quienes no, una minoría, se convertían a sus filas. El grueso de la población, con hambre y la sangre de sus hijos en sus rostros, tomaron justicia contra los viejos líderes; aquéllos que honorablemente y con orgullo llamamos alguna vez hombres racionales. A los hombres de ciencia, los economistas, los empresarios, los burócratas… aquéllas personas que nos prometieron gozo fueron perseguidas, enjuiciadas y ejecutadas. La civilización cayó por su propio peso. Fue levantada sobre columnas de mentiras e hipocresía, mientras nosotros veíamos imponentes levantarse torres hechas de cristal, acero y concreto, simbolizando la grandeza del hombre mismo.
Lo demás, lo que vino después ya ni siquiera es historia. Hoy a nadie le importa la historia. No tiene sentido hablar de ella. La historia nació por la ciega creencia en el progreso, por esa palabra demagoga y prostituta, por la sobrevaloración en las ridículas fuerzas del ser humano, en la fe de su superioridad racional creacionista y su deseo de apropiarse material y conceptualmente de todo fenómeno que existiera o pudiera abstraerse. El “progreso” se creó como un relajante somnífero para guiar a un camino las voluntades, luego se convirtió en un chiste de mal gusto, y por ultimo en una amenaza.
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